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Éste es “Nicolás”. Apareció en el clásico film de George A. Romero “El amanecer de los muertos”, de 1978. Uno de los personajes más misteriosos y legendarios de la historia del cine. Su fugaz aparición le dio un puesto memorable en la historia, ya que fue el protagonista de una de las escenas más brutales que jamás se han rodado. Va por ti, Nicolás.
Bueno, volvemos a la carga con un artículo que gustará a los miembros de la Generación Y (la más guapa de todas). Aquellos que vivimos la cultura de los 90 en todo su esplendor, y que comparado con aquella época dorada de videojuegos y juguetes coloridos y aún originales, la década actual es una basura (por no hablar de la que nos espera). Era una época en la que todavía quedaban solares para jugar al fútbol y lo pasábamos pipa bailando la peonza en mitad de la calle. A los nostálgicos nos llaman en un tono casi despectivo “retros”, pero viendo el panorama actual y como son los niños de ahora, la nostalgia está justificada en un 85% más o menos. Bueno, empieza la nostagia. Agarrad los kleenex.
La nostalgia de hoy está enfocada a los juguetes. Esos que nos tenían tan ocupados en el patio del cole y luego en nuestras casas. Vamos allá, empezamos desde bien temprano, con los primeros juguetes molones que yo puedo recordar, más bien pertenecientes a los 80.
Y la lista continúa. Pero así de repente empezaron los 90: Series de televisión, chucherías molonas, las primeras videoconsolas para el hogar y muchas modas pasajeras que hoy en día son objetos de coleccionista. Un icono de los 90 son indudablemente los TAZOS. La idea empezó en 1994 con los tazos de los Tiny Toons. Habían varios tipos: Tazos, SuperTazos, MagicTazos (los del holograma), MegaTazos, MasterTazos (los gordos, que valían 10 tazos normales jajaja) y MacroTazos (de estos no me acuerdo). Por aquel entonces aparecieron unas siniestras patatas llamadas “Fistros” con una bizarra colección llamada… ¡Los ChiquiTazos!, con la caricatura de Chiquito de la Calzada y frases eslógan como “¿Cómorrr?” “Jarl” “Pecador” y “Menemérica”. Éstos tazos eran aún previos al verdadero boom, que llegó con los tazos voladores octogonales de Dragon Ball, y posteriormente, los tazos de Pokémon. Éstos últimos causaron verdadero furor, tanto que he llegado a ver a niños comprar la bolsa de patatas, sacar el tazo, y tirar la bolsa con las patatas. En fin, una locura. El recreo era una verdadera merienda de negros: niños saltando victoriosos, niños llorando desconsoladamente por perder sus tazos, e incluso ha habido verdaderas peleas barriobajeras de estos yonkis pre-vello púbico de los Tazos.
Otro icono de los 90: El blandiblú. Ese divertido mocarrazo verde que olía raro y que venía en un bote chato y grueso. El original se perdió, luego aparecieron versiones cutres de los veinte duros que eran más pequeñas, olían aún más raro, y lo mejor de todo ¡se consumían! Cuando pasaban unas semanas te habías quedado sin moco. Desaparecía. Y si la materia ni se crea ni se destruye, una de las conclusiones más directas que puedo sacar es que parte de ese moco se encuentra ahora en mis pulmones, y en los de todos vosotros… ¡Feliz cáncer!
Éste es quizá el juguete que más nostalgia me da: los Gogos. Básicamente eran unos monigotes de colores pequeños y feos para jugar a una version noventera de las tabas. Yo creo que nunca llegué a jugar, pero me encantaban los bichos estos. A saber dónde habrán ido a parar todos los que tenía… No he podido encontrar muchas fotos de los Gogos antiguos, porque actualmente se siguen haciendo nuevas versiones (no tan encantadoras como la de antaño), y son las que predominan en el Google Images (amén del conejal que aparece cuando pones la palabra “gogos”). A ver si os acordáis.
Pasando de los rancios Action Man, que por mucho que los anunciasen nunca llegaron a ser un icono de los 90 para mi gusto, vamos a hablar de las figuras de acción de los Power Rangers. Éstos sí. Pero no cualquier figura, las primeras, las que se les cambiaba la cabeza. Yo tenía a Billy, ya sabéis qué color es
.
¡Y qué decir de los monigotes que se estiraban! Stretch Armstrong y su archienemigo Vac-Man, al cual le tenías que sacar el aire con una bomba de vacío. ¡Otros dioses de los 90!
Volviendo a la simplicidad que caracterizaba aquella década, las pelotitas saltarinas (las que iban forradas, las otras no valían una mierda) y las ventosas saltarinas o “poppers” tuvieron también su momento de gloria en nuestra adorada década, al igual que las manos locas y la peonza (yo tenía una carnicera) .
Bueno, éste podría ser un buen resumen de los juguetes con los que crecimos en aquella maravillosa época que nos tocó vivir. No nos olvidemos de la cámara de fotos y el martillo de los puestos, grandes amos de las noches en la feria, juntos con el pompero de jabón. Más adelante sacaré otros artículos nostálgicos. Yo no se vosotros, pero a mí me da verdadera rabia que el mundo haya cambiado tanto. Todo esto ha quedado atrás para dar paso a… ¿a qué? ¿niños de 11 años que cuelgan a Tuenti las fotos que se han hecho en el aseo de su casa? ¿Y ésto es progreso? Puto mundo…
Un zombi (la Real Academia recomienda evitar la grafía zombie, así como su plural zombies, abogando por su forma castellanizada“zombi”) es un cadáver, humano o animal, que adquiere un estado de relativa vida. Una maldición vudú, un rito satánico, una inyección de un potente reanimador de materia, o incluso un chorro de ondas revivificadoras procedentes de una nave extraterrestre hace que los muertos del cementerio cobren vida y salgan de sus tumbas. Sus capacidades motoras son, en principio, más bien limitadas, pero depende de su grado de descomposición, conservan parte o toda la fuerza de un ser humano. Una lucha mano a mano de un vivo contra un zombi en principio es favorable al vivo, por la lentitud en los movimientos del zombi y sus prácticamente nulos reflejos. Pero ésto sólo ocurre a corto plazo. El zombi siempre se levantará, siempre avanzará hacia delante hasta que consiga abatir a su presa. El hambre hace del zombi un luchador incombustible, cualidad de la cual carece el vivo por completo. Existió un debate sobre cuál era la suerte que corría la víctima viva cuando pierde la lucha: existe la versión del zombi caníbal (el/los zombis devoran salvajemente a la víctima hasta no dejar nada), o el zombi infector (el zombi infecta a la víctima, convirtiéndolo en un nuevo zombi). Se podría dar una solución más o menos equilibrada a este debate con la siguiente explicación: los zombis devoran a la víctima sólo en parte, siendo el cerebro el plato fuerte y el resto de su carne un tentempié para picar. La víctima muere, y al cabo de un tiempo no establecido resucita convertida en un zombi (ésta última aclaración es necesaria, ya que si la víctima se convertía en zombi automáticamente, se perdía el concepto de zombi como muerto viviente).
Mayor aún es el debate sobre la manera de acabar con un zombi. En muchas películas bastaba con un certero disparo de escopeta en la cabeza para que el muerto viviente cayera desplomado sin vida. A mi modo de ver las cosas, esta teoría es bastante discutible, ya que el zombi es en sí un cadáver que puede moverse y actuar instintivamente por actos de magia negra. Lo que menos le importa al zombi es una insignificante ráfaga de metralla en todo el rostro. Mi teoría es que a un zombi no se le puede matar. Aunque consigamos meter a uno de ellos en una trituradora gigante y hacerlo picadillo, ese picadillo no sería un picadillo normal, sería picadillo de zombi, y por tanto seguiría con vida. La diferencia es que el picadillo zombi dejaría de ser una amenaza para un vivo. Por tanto, no se puede hablar de matar a un zombi, pero sí de “inhabilitarlo”. Como una trituradora de zombis es algo muy poco práctico, la solución más inmediata para que un zombi deje de ser una amenaza sería desquijotando al zombi. Arrancarle la mandíbula inferior dejaría al zombi sin posibilidad de comerse a un vivo, y por tanto, de crear un nuevo zombi. Tras esto, el zombi deambulará intentando comer pero le será imposible. No ha dejado aún de ser una amenaza, ya que un cuerpo sin vida arremetiendo violentamente contra todo no es algo muy seguro, aunque no muerda. Una vez desquijotado, la forma más segura de hacerlo desaparecer es desmembrarlo y devolverlo al sitio donde pertenece: seis pies bajo tierra, en un ataúd con la tapa bien clavada. A efectos prácticos, ya ha desaparecido el zombi. Pero en un apocalipsis zombi, hacer esto uno por uno es poco menos que imposible. Un grupo de vivos no puede “inhabilitar” una plaga de zombis, ya que éstos, como ya hemos dicho, pueden llegar a conservar la fuerza de un vivo y además son incombustibles… a menos que la humanidad haya sido previamente preparada para este tipo de catástrofe. Un grupo especial militar de prevención con trajes ultrarresistentes, armas de contención y hachas para inhabilitar zombis bastaría para acabar con los primeros zombis, evitando así la plaga. Pero para que la humanidad esté preparada se ha tenido que llevar por lo menos un primer susto: el primer apocalipsis zombi.
<<… y en otro orden de cosas, continúan los ataques informáticos a la red del Gobierno. Esta vez han sido hackeadas las cuentas de correo electrónico de algunos miembros de la Cámara, haciéndose públicos en algunos foros de Internet sus correos privados y las cuentas de sus diversos contactos. Son muchas las personalidades afectadas, y la policía sigue sin tener ninguna información concluyente. Este es un caso más del llamado “cibervan…>>.
El teniente de policía Goran Broussard apagó la televisión y tiró sin cuidado el mando a distancia sobre la mesa de roble de su despacho. El montón de sobres cerrados amortiguó el golpe. La mitad eran de personas que decían tener información sobre los “cibervándalos” (nombre que la prensa inventó y puso de moda), de los cuales la mayoría señalaban a sus vecinos, compañeros de trabajo y familiares. La otra mitad eran el arma de otro ataque al propio departamento de policía. “Ni furiozas”, “Ni estas pli ol vi”, “Ni venas”, “La fino estas proksime” “La nova ordo”… son algunos ejemplos de las diatribas que reciben desde hace ya seis días, desde que comenzó la campaña para rastrear sospechosos de cibervandalismo. En todos los medios del mundo aparecieron anuncios con el teléfono, la dirección y el e-mail de contacto de la policía, animando a los espectadores a proporcionar cualquier información relevante. ¿Resultado? las líneas saturadas de bromistas, el e-mail hackeado hasta en cuatro ocasiones… y aquel montón de cartas ilegibles que se amontonaban día a día. Y así en todo el mundo.
La caza de brujas se centró (siguiendo una lógica casi primitiva) en las sociedades esperantistas. Las órdenes de arriba eran claras: detener en calidad de sospechoso e interrogar a todo aquel que guarde relación con una sociedad esperantista. Miles de eruditos fueron detenidos, y censuradas sus obras de estudio del idioma Esperanto. En algunos países fueron torturados, y en otros, torturados y ejecutados. Los agentes bajo el mando de Broussard estuvieron cinco días seguidos interrogando a estudiosos del Esperanto. No obtuvieron nada, y los actos de cibervandalismo continuaron.
A los catorce días del inicio de la caza, la policía recibió un golpe tremendamente bajo y definitivo. La web de la policía había desaparecido. En su lugar, había un mensaje escrito en Esperanto en letras verdes sobre un fondo blanco. Comprobaron si habían tenido acceso a la red interna. Todos los datos estaban intactos, sólo habían boicoteado la página web. Broussard llamó a uno de los esperantistas detenido y le ordenó que tradujera en texto. Decía lo siguiente:
<<Liberen a los esperantistas. No van a encontrar jamás un responsable porque lo que ustedes llaman “cibervandalismo” no son actos organizados con una meta, sino una consecuencia natural y caótica que ha provocado su sistema. Si alguien se dedica a robar azúcar, lo más probable es que se le llene la casa de hormigas. No seguimos a ningún líder porque ninguno de nosotros tiene valor por sí mismo. Sólo unidos a través de la red adquirimos fuerza. Sólo conectados podemos hacer frente a vuestra gran máquina. No tenemos nombre, ni rostro, ni edad, ni raza, ni sexo. Estamos en todas partes. Somos vuestros vecinos, compañeros de trabajo y familiares. Somos obreros y banqueros, policías y políticos, artistas e ingenieros, médicos y jueces. No hay tregua negociable, porque nunca estamos contentos. Sólo el orden cósmico puede pararnos. Y cuando suceda, el mundo habrá cambiado tanto que el hombre se encontrará un escalón por encima en su propia evolución. Y podrá ejercer libremente el derecho a la información y al progreso que el sistema actual nos niega. Dejen que la naturaleza siga su curso. Nosotros somos las hormigas. Somos la tormenta. Somos Legión.>>
Aquel día, la revolución se hizo oficial.
escrito por José Adrián Sáez Peñalver, “Larrafonte”
El ecologismo vende, no hay duda. Cada día se imponen nuevos productos de mayor rendimiento, mayor resistencia y menor consumo energético, por los que la gente parece estar dispuesta a pagar cifras desorbitadas con tal de “cuidar el medio ambiente” y “salvar el planeta”, tal como señala la publicidad de dichos productos. Voy a ser breve con respecto a este tema. Ninguna empresa va a inventar un producto ecológico porque se preocupa por ti y por el medio ambiente. Lo inventa un señor investigador, y luego la empresa lo comercializa y se forra a su costa. Lo peor de todo es que entre una cosa y la otra puede pasar mucho tiempo.
El artículo de hoy de la sección Ciencias del diario Público (ver artículo) habla de una nueva apuesta de Toshiba en ingeniería eléctrica: la bombilla digital “E-core” con tecnología LED regulada mediante chips electrónicos. Treinta veces más resistente, más eficiente y consume sólo un 20% de lo que consumen las incandescentes de toda la vida. Su coste, entre 30 y 60 euros. Todo ello con una explicación (bastante mala, por cierto) del “novedoso” funcionamiento de un diodo semiconductor, e introduciéndonos a los ocultos conceptos de “lumen” y “kelvin” (mal llamado “grado kelvin” en el artículo).
A la larga se ahorra, claro. Pero para mucha gente (y más en España), éste no es motivo suficiente para despegarlos del sofá, gastarse un pastizal en bombillas y encima tener que cambiarlas todas. Aquí es cuando las empresas echan mano del ecologismo en la publicidad. Da igual qué clase de producto haga tu empresa, ponle una pegatina de “respeta el medio ambiente” y tendrás una venta segura. Con esto no pretendo mostrar una postura anti-ecologista ni nada por el estilo, pero la gente necesita saber que detrás de todas esas campañas publicitarias sobre el medio ambiente, el calentamiento global, la capa de ozono, etc. , se esconden los intereses de muchas empresas que básicamente lo único que han hecho es ponerle la pegatina de “ecológico” a su producto. En otras palabras, las campañas de conciencia ambiental son también campañas de publicidad.
Volviendo a las bombillas, el diodo LED tiene ya 50 años. ¿Dónde estaban esas empresas de electricidad para subvencionar el desarrollo de esta tecnología? Pues comercializando las bombillas incandescentes, y luego las fluorescentes. Y ahora, cincuenta años después, deciden que es un buen momento para ser más ecológicos que nadie y mostrar al mundo las ventajas de la “novedosa” tecnología LED. Vaya novedad… cualquier estudiante de primero de carrera sabe que un diodo LED consume menos que una bombilla.
Y esto sólo con las bombillas, no nos olvidemos de otros productos como los vehículos de combustible alternativo (alcohol, hidrógeno, eléctricos…) cuyos prototipos llevan años apolillándose en el trastero de las grandes empresas hasta que a éstas les parezca bien ponerlos a la venta. Eso sí, cuando lo hagan, lo primero que dirán en el anuncio será “En X nos preocupamos por el medio ambiente”. Sí, ya…
Hubo un tiempo que me piqué con estos dos personajazos del stripgenerator.com, voy a aprovechar el blog para resucitarlos y que den algo de buen humor al blog.
Sí, se ve muy pequeño… haced clic para ampliar.